Abrumado por tanta responsabilidad, el animal había huido. Parecía intuir que el destino ponía en su mano la posibilidad de pasar a la historia. Y parecía renunciar.
El mayoral comenzaba a impacientarse. Sus hombres estaban quedando en ridículo delante de aquel empresario, que ya no disimulaba sus risas ante la incapacidad demostrada para encerrar al astado. Mientras, otro toro se había ido acercando mansamente, introduciéndose en los corrales. Al percatarse, el empresario preguntó:
─Y ese, ¿cómo se llama?
─¿Ese...? Islero. Pero no es toro para tan importante plaza.
─Me vale. No tengo todo el día.
Y, rápidamente, se introdujo en el coche diciendo:
─¡Niño, tira pa' Linares!
Autor: Felipe Antonio Borrella Vaquero
Microrrelatos veraniegos (Marzo)
miércoles 27 de agosto de 2008
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Microrrelatos veraniegos (Febrero)
miércoles 13 de agosto de 2008
No pude transformarme en princesa porque el imbécil seguía mirando, sonriéndose, burlón. Yo tenía los ojos clavados en mis zapatos, a varios centímetros del suelo. Los segundos pasaban arrastrándose, eternos. Entonces ocurrió el milagro. Alguien gritó: "¡Alfredo!", y el imbécil sonriente se volvió, y yo comencé a volar en mi columpio. Ocurrieron tantas cosas: fui hechicera en la alfombra mágica, y hada surcando el aire, y princesa sobre el dragón. Entonces volví a sentir sus ojos fijos en mí, y me vi en ellos como me veían todos: feúcha, miope, torpe. Sonó el timbre, bajé del columpio. Cojeando, me esforcé por alcanzar la fila de niños que regresaban del recreo.
Autor: Beatriz Olivenza Bernardo
Autor: Beatriz Olivenza Bernardo
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Etiquetas: relatos
Microrrelatos veraniegos (Enero)
miércoles 6 de agosto de 2008
No funcionó. Horas después el tipo con cara de imbécil, corona de plástico y caballo de cartón seguía junto a la charca, escrutando bajo los nenúfares, intentando localizarme. Después de pedir auxilio durante años por fin apareció alguien, pero no quien yo esperaba, sino un loco reglamentario que me pilló despistada, dándome un asqueroso y sonoro beso en los labios. Por Dios, qué asco. Aterrorizada pude escapar de un salto y ocultarme tras los juncos, esperando que se cansara y se largara de allí. Pero las horas estipuladas al caso pasaron y no pude transformarme en princesa porque el imbécil seguía mirando.
Autor: David Reche Espada
Autor: David Reche Espada
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